Horas, eran horas las que pasaban observándose uno frente al otro. Siempre en el mismo lugar y a la misma hora iniciaban su trabajo. Les consolaba saber que el uno corría la misma suerte que el otro. Así, las dos estatuas veían incesantemente la gente ir y venir por la rambla: atareadas amas de casa con su carrito copado de compras, empresarios de mirada enorgullecida que los miraban con desprecio, niños que salían de la escuela y aprovechaban para mofarse de ellos; ridiculizar su pétreo estoicismo o burlarse de su pintoresco aspecto.
Horas, eran horas de estar en pie, soportando las inclemencias del tiempo, esperando que alguna persona caritativa arrojase unas pocas monedas a sus canastos para cambiar de postura. Y no era nada fácil: muchos transeúntes pensaban que eran parte constitutiva del paisaje; tenían pues el mismo mérito que las estatuas de bronce. Y sus miradas pasaban siempre de largo: habían dejado de ser una novedad. Ahora la atención de los ciudadanos la reclamaban otras figuras nuevas, más novedosas. La temporada baja era realmente dura para ambos.
Bien entrada la noche, el aúreo sheriff y la argéntea vestal recogían sus enseres y se iban a cenar a algún establecimiento de comida rápida. Los beneficios obtenidos durante el día apenas daban para mucho más. El sheriff vivía en una pensión y solía invitar a su amiga, la vestal, para pasar las noches hablando a la luz de las velas que constituían toda la iluminación de su mísera vivienda. Hablaban para no amarse, pues ambos eran tan pobres que se creían indignos el uno del otro.
El sheriff recordaba satisfecho aquel día que pasó en ayunas para poder comprar unos claveles a su amiga vestal, ella por supuesto no sabía nada del sacrificio que había representado para su compañero. También le venía a la memoria otro día, más concretamente en el cumpleaños de su amiga vestal; el sheriff, nada más verla, hincó una rodilla en tierra y besó su mano, seguidamente la obsequió con algunos botes de maquillaje. En un principio no quiso aceptar el regalo argumentando que no tenía nada que darle a cambio. La vestal preguntó insistentemente durante días por el coste del obsequio, quería devolverle el importe en cuanto pudiese. Él nunca le respondió pero representaba poco menos de la mitad ganada en un mes de trabajo. Los días pasaron y ella, al percatarse de la ruda obstinación de su compañero, se arrojó a su hombro llorando como quien se estremece de alegría: sabía que habían nacido bajo un signo diferente a las demás personas.
Por su parte, él la estrechó firmemente contra su pecho. Caviló y caviló, dándole vueltas a una misma idea. Quería decirle algo pero no se atrevía. Finalmente optó por mantener un discreto silencio. A continuación el sheriff bajó la cabeza y contempló su estrellita de latón. “El silencio es el remedio de los cobardes”, pensó avergonzado mientras sentía el cálido abrazo de su amiga.
Iban casi siempre juntos, ella se sentía segura al lado de su amigo el sheriff. Ambos temían los peligros de la gran ciudad. Era fácil imaginar que su principal terror era el de quedarse solos. Además, el trabajo era más grato desde que sabían que enfrente siempre estaría su compañero. Aquel compañero al que se habían aferrado con tanta fuerza para sobrevivir en la jungla de asfalto.
Por toda afición tenían la actividad de recorrer las calles de la metrópolis, apreciando el cuadro de luces que ofrecía por la noche, conociendo nuevos lugares donde nunca hubieran estado anteriormente... y todo ello sin mostrar cansancio ni fatiga alguna. Así paseaban sus penas por doquier. Eso sí, sabían que a la mañana siguiente debían encontrarse siempre en el mismo lugar, no fuera que otros artistas les usurparan el privilegiado emplazamiento de trabajo.
Ella contemplaba la gente pasar, y disimulaba a la perfección sus sentimientos. Su público exigía un lógico distanciamiento con ella. Exhibía su clásica belleza sin recelos, enarbolando su figura consagrada a la contemplación del prójimo. Su cabello adornado de cintas y lazos rojos cuando no ondeaban al viento, caía como un ramillete de jazmines sobre su pretexta: un manto bordado de púrpura que le caía sobre el hombro, dejándole el otro brazo al descubierto. Su mera contemplación proporcionaba en el fuero interno del espectador un sentimiento de serenidad. Una sensación proveniente de una época lejana, distanciada en el tiempo pero increíblemente reconfortante.
Siempre se la podía encontrar bajo el mismo cerezo. Cuando el árbol se encontraba en flor, los pétalos descendían al suelo, cubriendo su cabellera y sus hombros con un manto rosáceo. Los pétalos giraban y giraban, en su descenso, bailando su particular rigodón. La vestal observaba hechizada el rito de la naturaleza, le ayudaba a consumir las horas con más ligereza. Por supuesto era agradable mirarla con sus majestuosos ademanes, y subida a su cajoncito de madera improvisaba las más variadas para deleitar a su reducido público.
Para él únicamente tenía sonrisas. Todo cuanto poseía. El sheriff no exigía más, su amistad hacía menos penoso el trabajo. Si algún día uno de los dos no tenía lo suficiente para sus gastos, el otro no tenía ningún reparo en darle una parte de lo suyo. Pese a todo, en los canastos nunca habían las suficientes monedas y eran demasiadas las noches sin tomar bocado.
Una noche se despidieron, ella había encontrado un lugar para pasar la noche y no queria molestar a su amigo. Él insistió una y otra vez, pero sus súplicas fueron completamente inútiles. “Demasiadas molestias le había causado ya”, pensó su amiga vestal.
A la mañana siguiente ella no apareció: nadie se encontraba bajo la sombra del cerezo. Los pétalos bailaban, ésta vez, un vals completamente despreocupados de la extraña ausencia de su vestal. Y entonces una niña cuyos cabellos eran del color del trigo maduro se aproximó al sheriff que hacía cuatro horas que se encontraba allí: observando el tronco liso y ramoso del cerezo, sus hojas dentadas y, por supuesto, sus blanquecinas flores. La niña le dedicó una mirada zalamera y le arrojó unas monedas al canasto. La vestal no llegaría nunca, y al comprenderlo le fue imposible a éste contener unas diminutas lágrimas de sus ojos. Éstas eran tan pequeñas que resultaron imperceptibles a la vista del pequeño corro de observadores que le observaban en aquellos momentos, totalmente enojados. Únicamente la niñita pareció darse buena cuenta de ellos, y sonrió: después de todo había pagado por esas lágrimas.